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Historia

El Apostolado de la Cruz es una obra inspirada por Dios a su Sierva, Concepción Cabrera de Armida. Fue fundada el 3 de mayo de 1895, en la República Mexicana, por el Venerable Ramón Ibarra González, entonces Obispo de Chilapa, Guerrero. Aprobada el 25 de mayo de 1898 por el Papa León XIII, fue confiada al cuidado y dirección de los Misioneros del Espíritu Santo por el Papa Pío XI, el 9 de julio de 1926.

Es una de las cinco Obras de la Cruz reconocidas por la Iglesia y animadas de un mismo espíritu y que, unidas, constituyen la Obra de la Cruz. Se caracteriza por estar abierta a todos los fieles cristianos que forman el pueblo de Dios: laicos, religiosos y sacerdotes, que buscan vivir su consagración bautismal según la Espiritualidad de la Cruz, para responder así, a la vocación universal a la santidad.

Para entender el surgimiento de la Espiritualidad de la Cruz y de cada una de las Obras, es necesario hacer referencia a algunos aspectos de la vida de Conchita, así como del contexto y entorno en el que vivió.

Desde jovencita, Conchita llego a experimentar una enorme nostalgia de Dios. "Sentía un deseo vehemente de saber hacer oración. Preguntaba, leía y como podía me ponía en la presencia de Dios". Ya de casada, ella escribió: "Mi alma continuaba con ansias de perfección, de un mas allá que siempre se me retiraba. Tenia días muy fervorosos, con toques fuertes e internos del divino amor, y siempre envueltos en sufrimientos, porque estos nunca me han dejado, ya de una manera, ya de otra".

En 1889 tuvo oportunidad de asistir por primera vez a unos ejercicios espirituales. Conchita tenia veintisiete años. Era casada, madre de familia, ama de casa. "Un día en el que me preparaba con toda mi alma a lo que el Señor quisiera de mi, en un momento escuche muy claro en el fondo de mi alma, sin poder dudarlo, estas palabras, que me asombraron:

'TU MISION ES LA DE SALVAR ALMAS'

Yo no entendía como podía ser esto;
me pareció tan raro y tan imposible;
pense que esto sería que me sacrificara
en favor de mi marido, hijos y empleados...".
El amor de Jesús latía cada día mas en el
corazón de Conchita y animaba aun los
mas pequeños actos de su vida cotidiana.

"Ser de Jesús, pertenecerle a Él ha sido siempre la suprema aspiración de mi vida".

Durante su infancia en las haciendas de su familia, Conchita había observado como se imprimía en el ganado con fierro candente la marca de su dueño. Ella también soñaba con llevar hasta en su carne el sello de Cristo. De este modo, a finales de 1893 ella le dijo al Padre Mir, quien era su director espiritual, que " tenia hambre de ser mas de Jesús", y como era tan "material", le pidió permiso para marcarse en el pecho un monograma que dijera Jesús. El padre, con prudencia, le negó varias veces el permiso, hasta que por fin, el padre acepto y acordaron que seria el 14 de enero de 1894, día en el que se celebraba la fiesta del Nombre de Jesús.

A las 10 de la mañana de ese día, Conchita se encerró con llave en un cuarto apartado de su casa. Trazo sobre el pecho, el monograma JHS con letras grandes. "Luego que lo hice, sentí como si una fuerza sobrenatural me arrojara al suelo, y con la frente en la tierra, en los ojos las lagrimas y el fuego en el corazón, le pedía al Señor con vehemencia, con un celo devorador la salvación de las almas:

¡JESÚS SALVADOR DE LOS HOMBRES, SÁLVALOS, SÁLVALOS!"...

"Más eran los ardores del alma que los del cuerpo y la dicha indecible que yo experimentaba siendo como los animales de su dueño, yo de Jesús, de mi Jesús que salvaría tantas almas".

Al marcarse con el nombre de Jesús, Conchita experimenta un cambio interior. Su corazón lleno de amor por su Dueño, es invadido de un amor nuevo que la lleva a pedir la salvación de los hombres. Ella dice: "Parece que el Señor con el monograma abrió la puerta para derramarse en gracias"... Cuando terminó, escondió todo y salió del cuarto feliz, porque era de Jesús.

Con este gesto tan generoso de Conchita, se inaugura una nueva etapa, cuyas repercusiones se dejaron sentir en su vida personal, en su irradiación apostólica y mediante iluminaciones divinas para bien de la Iglesia entera. Con el monograma, nació una nueva espiritualidad, la ESPIRITUALIDAD DE LA CRUZ, y con ella, el Apostolado de la Cruz y las demás Obras.

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